CUIDADOS EN LA ANCIANIDAD

INTRODUCCIÓN

. LA FAMILIA

-Mira hijo, si vas a cuidarme, tendrás que comprender primero ciertas cosas en las que yo no puedo cambiar. Si no, prefiero no complicarte la vida; ni la de tu matrimonio ni la de los chicos. Si no llegamos a entendernos, llevame a algún buen lugar donde pueda jugar al truco y charlar de mis buenos tiempos con gente de mi edad. No te sientas culpable, yo sé que me amas. Lo único que te pediría... es que no te olvides de mí y ve a visitarme seguido. Vamos, tengo que explicarte:

Seguro que el destino se ha confabulado para complicarme la vida. No consigo acomodar el cuerpo a los nuevos tiempos. O por decirlo mejor: no consigo acomodar el cuerpo al "use y tire" ni al "compre y compre" ni al "desechable". ¿Tendría que ir a terapia o pedirle a algún siquiatra que me oriente como manejar esta situación?
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco. No hace tanto, con tu madre lavábamos los pañales de ustedes. Los colgábamos en la cuerda (tendedero) junto a la demás ropa, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ustedes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos, se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales). ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!

Sí, ya sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. Ni los
desechos nos resultaron muy desechables.
Y así anduvimos por las calles guardando pañuelos llenos de mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.
Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde entrar. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no te lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar. ¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo, bueno, eso es lo que me hacen sentir y ojo que no te estoy reprochando nada. Guardo las bandejitas de espuma plast de los pollos. ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de alpaca en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida.  ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza. Y resulta que en nuestro matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.  ¡Nos están jodiendo, hijo! ¡Yo los descubrí, lo hacen adrede!
Todo se rompe, se gasta, se oxida, o se quiebra al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. ¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando somier, casa por casa?  ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se deshecha y mientras tanto producimos más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años, que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40, no va a creer esto: Cuando yo era niño, por mi casa el basurero no pasaba todos los días. ¡Lo juro! ¡Y tengo menos de.......... años!  Todos los desecho eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan o en alguna otra parte. Los pocos desechos que no se comían los animales servían de abono o se quemaban. De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el "guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo" pasarse al "compre y tire que ya se viene el modelo nuevo". Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes que aún viven y sus hijos, ustedes y mis nietos... ah, y amigos... no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya sí era un nombre como para cambiarlo).
Me educaron para guardar... ¡Tooooodo! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. Sí, ya sé; nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas de jardinera.
 ¡¿Cómo quieres que entienda que se desprendan de su celular a los pocos meses de comprarlo?!
¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.
Y guardábamos.  ¡¡Cómo guardábamos!!   ¡¡Tooooodo lo guardábamos!!  ¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!  ¡¿Cómo que para qué?! Con ellas, hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares.
Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela.
¡Tooooodo guardábamos! Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines  y agujas de primus.
Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban  amontonando en el tercer y en el cuarto cajón.
Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Cañitos de plástico sin la tinta, cañitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.
Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor.
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar  encendedores que se tiraran al terminar su ciclo, los uruguayos inventábamos la recarga de los encendedores descartables.
Y las Gillette, hasta partidas a la mitad se convertían en
sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de paté o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas!   Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más.
No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables.
¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las
botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas, para envolver.
¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al cuadril!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque del Banco de Seguros para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún remedio no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornilla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las
cajas de zapatos... se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros se volvían cinturones y posamates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de cartas se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía "éste es un 4 de bastos".
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo. Yo sé lo que nos pasaba:  nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos.
Así como hoy las nuevas generaciones deciden "matarlos" apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada.
Ni a Walt Disney.
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron "Tómese el helado y después tire la copita", nosotros dijimos que sí,  pero... ¡cuernos que la íbamos a tirar!  Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos.
Las primeras botellas de plástico; las de suero y las de Agua,
se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se
convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella. Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. Pero no lo voy a hacer.
Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son
desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.
No lo voy a hacer.
No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas
empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour. Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.
De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo que la bruja me gane de mano... y sea yo el entregado.  Dime; ¿hay alguna ayuda que te proporcione el Estado para poder quedarme aquí contigo? ¿Sabes? Necesitaría un galpón para guardar mis cachivaches.

Texto adaptado por Cielo Vázquez. Se desconoce al autor.

LA AYUDA PARA QUEDARSE EN CASA

www.santegidio.org/.../ anziani/acasa.htm

 

Lucha contra el ingreso en una institución

 

   El deseo de quien es anciano es el de quedarse en su ambiente, en su casa, en su barrio. En los últimos 30 años, hemos trabajado en una perspectiva totalmente alternativa al ingreso: los ancianos viven, se curan, reaccionan mejor ante la enfermedad y la invalidez, si pueden permanecer en sus casas. En cambio se asiste a un repentino deterioro tanto físico como psíquico y a veces a la muerte, cuando se ven obligados a recuperarse en una residencia. El ingreso en una institución es la condena al aislamiento que a menudo quita al anciano las ganas de vivir. En las residencias se muere cuatro veces más que en casa: los ancianos difícilmente superan la separación del propio ambiente familiar, no sólo de las personas sino también de las paredes de casa, de los objetos y de los recuerdos que representan toda una vida. A menudo no les quedan motivos para vivir.

 

Respeto por la autodeterminación

 

   Para muchos ancianos la no-autosuficiencia llega repentinamente y es difícil reorganizar la vida afrontando las nuevas necesidades asistenciales, tanto para quien está mal como para quien se hace cargo de él. Incluso la familia que quiere ayudar a su familiar inválido está poco preparada, no sabe a quien dirigirse, a qué subsidios tiene derecho, qué servicios están disponibles. A menudo las dificultades objetivas y la soledad delante de los grandes problemas de reorganización de la vida familiar, llevan a la recuperación en una institución como única solución razonable, que en la mayor parte de los casos no respeta la voluntad del anciano de permanecer en su casa.

 

Asistencia domiciliaria

 

   El compromiso más conspicuo está dirigido a la asistencia domiciliaria para mejorar globalmente la calidad de la vida de los ancianos y para contrarrestar eficazmente el recurso al ingreso en una institución.

En las visitas a domicilio, más o menos frecuentes según la necesidad, se debe ayudar al anciano en los problemas de la vida cotidiana, en la cura de la persona y a mantener relaciones sociales y afectivas significativas.

 

 

  

 

 

 

 

¡Ay! Tu padre es el demonio...