¿Cómo encontramos los adultos el gozo de vivir en esta vida rutinaria que enferma?

 Cielo Vázquez

 

 

En esos momentos en los que la responsabilidad por la crianza de nuestros niños,
nuestros adolescentes, y de nuestros ancianos queridos nos obliga a dejar atrás
 nuestros sueños y metas que aún nos falta por cumplir, es decir, nuestra propia vida,
se apodera de nuestra realidad cotidiana la imposibilidad de llegar rápido a ellas produciéndonos un estancamiento y desgano. Son vías paralelas que nos llevan, si nos dejamos, a una estación de olvido de la que, sin embargo, no es imposible salir...


La vida individual y sus variables no están separadas ni de la imaginación y el intelecto,
 ni de las ansias y los deseos. Sin embargo, si nos resignamos a la rutina, todo puede
 tornarse aburrido; el comer, el trabajar, el leer y hasta el dormir; o, por el contrario, nos puede
llevar a comer demasiado, trabajar demasiado, o deseos de sólo dormir y
no hacer más nada.


 Lo peor de todo es que es contagioso y se transmite de generación en generación.

Nuestro cuerpo responde a los estímulos externos, nuestra psiquis, en relación a todo el entorno que nos rodea. Pero la complejidad de la mente; pensamientos que generan sentimientos tal vez más agrandados de lo que realmente son (no quiero decir con esto
que no sean grandes), recaen irremediablemente en nuestro físico, cualquiera sea el
grado de autocontrol que nos hayamos impuesto; si es que lo hemos hecho. En la
 mayoría está menoscabado.

Si uno se pusiera en una actitud y en una disposición adecuada; si en lugar de imaginar un acto automático, uno pone atención en el momento y trata de que éste sea único y bello, nunca podría volverse aburrido.

Explorar día a día, minimizar lo exageradamente agrandado, minuto a minuto, segundo a segundo. Acostarse y no pensar en nada más que mañana es otro día y no tiene por qué ser igual a este; ayer ya pasó, y, mañana será mejor porque estaremos alertas para encontrar ese detalle que por más pequeño que sea, hará de ese día, un día feliz.
 
Debe encontrarse un punto de confianza en el cual se pueda descubrir que cualquiera sea la actividad que tengamos, sea para disfrutarla sanamente, aunque no siempre sea, en el fondo, lo que realmente deseamos. Y los temores, irlos desecharlos poco a poco todo el tiempo hasta que desaparezcan. Es decir, todo lo contrario a sentarse y esperar que la pasión por vivir se encienda y se renueve como por arte de magia, o muera definitivamente para no sufrir más.

No siempre una presencia cercana genera el impulso. Podemos estar rodeados de seres queridos y sentirnos solos, y estar solos y sentirnos acompañados. El impulso está dentro de uno mismo. Hay que comprender que ser una persona significa ser sensible a los propios sentimientos que nacen de uno y no que brotan de la rutina.

Por eso, cada uno de nosotros es responsable de satisfacer esos sentimientos lo más armoniosamente posible cuando se expresan espontáneamente. Dar genera una corriente de deseo previo que exige sin querer una reciprocidad, por lo tanto, recibir de lo mismo que se da, es seguro.

Así, la persona adulta, liberada por la razón y por cualquier circunstancia ajena, podrá recrear su propia situación, su propio mundo sin límite, ideal de todo ser humano... y no sólo para hallar la vida plena para sí misma, sino para sanar su propio entorno, por lo cual recibirá el inmenso... gozo de vivir.